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EL CASTILLO DE ROJAS DE BUREBA
Una de las características que definieron a España ante el mundo fue la de ser tierra de abundantes castillos, y precisamente su generalización es lo que dio nombre a Castilla.
Uno de estos castillos fue el de Rojas, bello, altivo y dominador de toda la campiña burebana. Cuando pasadas las centurias de su preponderancia y esplendor llegaron las de su ruina, el desordenado afán de lucro de alguno de sus vecinos, se cebó en el desmantelamiento de sus sillares para edificar sus casas y cercas de huertas. El castillo desmantelado se convirtió en ruinas hoscas, muñones informes, no quedando en pie más que la parte del Poniente de la torre del homenaje con más de veinte metros de altura y gran parte de lo que pudo ser capilla y vivienda del castillo.
En la Edad Media este castillo era el centro político y militar de gran parte de la Bureba, y, sobre todo, en los veinte pueblos que constituían la Merindad y jurisdicción de Rojas, algunos de ellos ya desaparecidos, y que dio nombre a una Cuadrilla de la Bureba, formando por Abajas, Arconada, Bárcena, Carcedo de Bureba, Castil de Lences, Lermilla, Movilla, Piérnigas, Quintanarruz, Quintanaurria, Quintanilla Cabe Rojas, Rojas, Rublacedo de Abajo, Rublacedo de Arriba, Rucandio, San Clemente, San Pedro de Cañucas, Salas de Bureba, Valdearnedo y el despoblado de San Andrés de Carcedillo, más los anejos de Rojas, como eran Moscadero, San Millán de Suso y Santibáñez de Rojas.
En este castillo, como en todos los demás, estaban la soberanía, la justicia, el orden, la despensa y el arsenal. Nada valían los pueblos y aldeas de sus alrededores si les faltaba la sombra, a un tiempo protector y dominador del castillo. Sin el castillo la Bureba y estos pueblos eran anarquía y luego tierra abandonada, porque los hombres huían con aperos, ajuares y ganados, buscando el amparo del castillo, donde el ballestero montaba guardia para imponer el orden y dispensar una protección de la que nació el pacto medieval del feudalismo.
El castillo de Rojas es una mole ceñuda que impone. Se ve en él al nidal de guerreros que despreciando las comodidades se avenía a la vida dura y hosca del picacho y terreno árido y pelado que le rodea, sin otra posibilidad de tener agua en tiempo de asedios, más que la recogida en los aljibes, o procedente de los tejados durante las lluvias, porque el agua corriente, en la hondonada del Ojuelo, se halla a más de quinientos metros de distancia. El viento helado invernal, que en gran parte del año recorre la estepa burebana, entraría por sus ventanales y aspilleras, como el bochorno del verano calcinarla sus piedras de color de estopa, Los refinamientos fueron allí cosa desconocida, Duros los lechos de tablas inclinadas para los soldados, parcas y sobrias las salas señoriales, en las que sólo algún tapiz daba la nota de suntuosidad. La gran cocina, siempre bien abastecida de leña, que por vereda habían de proveer los Vecinos sujetos al castillo, en cantidad de tres cargas al año, una en cada Pascua; en dicha cocina se aderezaban los perniles asados, y de su bodega salía el vino chacolí de las viñas de Valdepío y de Tragahombres, que se bebía en vasos de estaño o en jarras de barro.
Construido este castillo en la época de la Reconquista, durante el siglo X, sobre una altura que domina toda la cuenca de los ríos Remequen y Papagón (a) río de Santa Casilda, parte de su torre sigue irguiéndose después de mil años sobre el verde paisaje de la Bureba. A sus pies se extienden las tierras de labrantío del Ojuelo y Santibáñez, a sus espaldas el valle y cuestas de Trascastillo y Trassanjuan, De su primitiva fábrica no se conoce fecha, ha existido siempre en el recuerdo de muchas generaciones. Se sabe que fue reconstruido por don Sancho de Rojas, hacia el año 1300.
La torre del homenaje era cuadrilonga y conserva en lo más alto unos bellos ajimeces ornamentando un ventanal que tiene bancos de piedra a cada lado. Aún quedan también dos canecillos moldurados del alero del tejado. A la parte del noroeste queda lo que parece fue capilla y vivienda del castillo con dos ventanales preciosos, uno de ellos lobulado y con molduras, y el otro cuadrangular, en el que se ve que ha tenido rejas de defensa con una bonita moldura en el remate. Aún se conocen perfectamente los huecos donde iban los cuartones que dividían los pisos. El piso principal de la torre del homenaje era abovedado, con arco de medio punto, ostentando en la ménsula un busto de hombre, A continuación se aprecian otros dos pisos. En el primero citado hay cuatro aspilleras para disparar, y en el último, el ventanal con ajimeces ya dicho. Los muros son de dos metros de espesor; de la mitad hacia arriba está construido de toba, traída probablemente de Buezo, donde únicamente se encuentra esta piedra de construcción.
Entre los encargados de la repoblación y defensa de la Bureba, después que fue liberado el territorio por los condes de Castilla, figuran los de Vizcaya, y de éstos proceden los Rojas, por Diego Sánchez de Rojas, que tomó este apellido por haber tenido esta villa, y fue hijo de Sancho Díaz, nieto de Diego López de Haro, el Blanco, señor de Vizcaya. El primero de quien tenemos noticias documentales, es Diego Muñoz de Rojas; según memorias escritas del archivo de Cardeña fue mayordomo del emperador Alfonso VII, y está sepultado en la iglesia de dicho monasterio (P. Arganza).
Sancho Díaz de Rojas tuvo por hijo a Diego Sánchez de Rojas, quien en doña Urraca Díaz tuvo a Lope Díaz de Rojas, señor de Rojas, y éste a Sancho Ruiz de Rojas, que se halló en la conquista de Sevilla en 1248, y casado con doña Inés Gutiérrez de Sandoval dejó dos hijos que formaron las dos grandes líneas de este linaje, o sea, Ruiz Díaz, señor de Rojas, y Sancho Sánchez Díaz continuó la sucesión, habiendo memoria de él en el año 1262. Casó con doña Maria López de Sonsoles y le sucedió D. Juan Rodríguez de Rojas, rico hombre de Castilla, Justicia Mayor de la Casa del Rey, señor de la Casa de Rojas y primero de Poza de la Sal y de Pedrajas el 1299.
Señora del castillo de Rojas fue doña Sancha de Rojas, esposa del Adelantado Mayor de Castilla Gómez Manrique, fundador del convento de Fresdelval. Dicha doña Sancha de Rojas, fundó en Rojas, en 1417, un convento de padres dominicos, junto al castillo de Rojas, para lo que les cedió su iglesia de Nuestra Señora de Cinco Altares y su palacio, casas, pajares, más todo el pueblo. Su archivo está en la parroquia de Rojas, y es interesantísimo.
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